Una entrevista para ser modelo donde me tuve que desnudar y follar con el señor x

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La sala de espera había ido quedando vacía. A estas alturas solamente estaba yo.

Ya no quedaban siquiera revistas para hojear y no podía evitar mirar constantemente como se movían las agujas de mi reloj de pulsera. Por fin se abrió la puerta y la secretaria me hizo el gesto de que ya podía entrar. Una vez dentro del despacho donde se iba a realizar la entrevista, la puerta se cerró tras de mí y una voz procedente de la habitación contigua ya que se podía distinguir la puerta entreabierta (debía de tratarse de almacén o vestuario contiguo) me aconsejó que me sentara y acomodara tranquilamente que en unos momentos me atendería.

Seguí las instrucciones al pie de la letra y me senté delante del escritorio, en un sillón de cuero negro. Me gusta mucho sentarme en un sillón de cuero especialmente si visto con falda, para sentir el tacto tan agradable que tiene. La lástima es que las medias no me dejaban acabar de disfrutarlo. Me quité la chaqueta, y me quedé con mi blusa verde, mi falda, los zapatos de tacón y las piernas cruzadas aprovechando que estaba “sola”. Al sentir un ruido que indicaba que llegaba mi entrevistador, coloqué otra vez las piernas bien y me erguí preparada ya para su interrogatorio. Con una sonrisa me tendió la mano y se presentó. Rondaría los 40, de aspecto elegante a pesar de vestir unos tejanos y una camisa. El pelo corto y bien peinado. Noté como disimuladamente me daba una discreta mirada para verme de cuerpo entero. Nos sentamos y empezamos a hablar, cada vez con más soltura. Experiencia, gustos, ambiciones…

Al fin me dijo que podía ir a la habitación contigua para hacer la última prueba. Dejé mis cosas, entré a la pequeña sala y cerré la puerta. Encima de un banquillo se encontraban distintas prendas de ropa: un vestido, un bikini, unos shorts con un top… Me quité rápidamente el sujetador y el vestido me entró a la perfección. Parecía hecho a medida. Salí. En el otro extremo de la sala, había descubierto una parte que antes estaba escondida tras unas cortinas. Era un modesto plató para tomar las fotos. Un par de potentes focos lo iluminaban. La cámara ya estaba colocada y el Sr. X (llamémosle así por llamarle de alguna forma) levantó la vista de la cámara y me indicó la tarima. Estuvimos un rato con esas fotos. Acabamos con las frontales y me pidió que me diera la vuelta y girara mi cintura para que se pudiera ver mi cara de perfil. “¡Ah, ah!” Vi en él un gesto de desaprobación, después una mirada algo pícara. Dejó la cámara a un lado y se acercó hacía mí. Sin que pudiera imaginarlo siquiera, al estar justo detrás sus manos se colaron con una agilidad increíble debajo del v mano había pasado de mi cintura a los pechos, que acariciaba, amasaba aún bajo la tela. Mis jadeos iban en aumento. De repente paró en seco. Sacó ambas manos de mí y me soltó. Me giré, con una cara que le podía hacer entender que deseaba que continuara, que quisiera más.

Había vuelto hacia la cámara y me pidió que fuera al vestuario y esta vez cogiera ropa del armario y no del montón del banco. Siguiendo con sus órdenes, entré y me cambié. El primer conjunto era básicamente lencería negra. Un sujetador con trasparencias que permitían observar perfectamente mis pezones para entonces completamente duros, un tanga negro a conjunto, un liguero a cada lado y unas medias hasta los muslos. En los pies unos zapatos con un tacón muy alto.

“mmm, estas fotos me las voy a poner en la mesita de noche, murmuró X”. Yo me reí y me coloqué. Cada vez me indicaba posturas más provocativas. Cuando ya estaba sentada de lado, con las piernas bien abiertas sobre una silla, apretó un botón del aparato y volvió a mí. Se arrodilló frente a mí, y entonces salió el flash. Había programado la cámara para que nos tomara fotos a los dos. Sus manos se habían colocado una en cada muslo, apretándolos hacia afuera. Empezó a besarme por encima del tanga y pronto me corrí de tal manera que la tela tan fina como era le permitió comprobarlo. Una de sus manos me apartó la tela que me cubría la vagina, y así me metió su lengua dentro. Otra vez jadeé. “¡Dime si te gusta, putita! ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? Este coño lo debes tener aún virgen, te voy a enseñar que les hago yo a las jovencitas como tú para enseñarles a trabajar bien”

Dicho esto se puso en pie, bajó su bragueta, me levantó amarrándome muy fuerte y llevándome al borde del escritorio. Me subió encima, las piernas bien separadas y su gran polla me entró desgarrándome. Era muy gruesa y larga, las venitas se le marcaban en la parte que aún no me había introducido. Yo había gritado cuando su punta me había penetrado, pero ahora el dolor era más fuerte. “Grita más putita, chilla todo lo que quieras, tu conchita ya se irá acostumbrando a mis embestidas, porque como ya te puedes imaginar, estás contratada. Ya hablaré yo con tus padres para comunicarles que de vez en cuando tendrás que estar unos días fuera. Así te podré domesticar mejor. Apenas eres una pequeña putilla. Si me tienes contento y haces todo lo que te diga, te haré llegar lejos” Entre jadeos, suspirando, le aseguré que haría todo lo que me dijera. Que me gustaba lo que me hacía. Que lo hiciera más fuerte, más rápido. Su pene me había entrado por completo, sus embestidas eran muy potentes y mis primeros orgasmos se vieron favorecidos por la experiencia que a su edad debía ya tener. Sus manos no paraban quietas, su boca no dejaba de lamer y morder. Me chupaba el cuello, los pechos… tenía todas las partes del cuerpo que quedaban a su alcance llenas de sus marcas, de manchas rojas por sus chupetones.

Al sacarla finalmente de dentro suspiré de alivio, pero no duró mucho. Me cogió por el culo para bajarme de la mesa y hacerme poner de rodillas para tragarme todo su miembro aún muy duro. Era imposible tragarlo todo. Un líquido empezó a resbalarme por los labios. “Trágatelo todo o te tendré que castigar…putita”Como si me fuera la vida en ello fui lamiendo alrededor intentado no dejar caer ni gota.

Tras esto, puedo decir que conseguí el trabajo.

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